En este cuarto viernes de Cuaresma, hemos recorrido, de la mano de Madre Carmen y acompañados por María, el camino de la Cruz hasta llegar al Calvario, contemplando con devoción a nuestro Cristo de la Providencia.
Ha sido un momento de reflexión profunda y de unión como comunidad, donde cada paso nos invita a acercarnos más al Amor Redentor de Jesús.
La oración, el silencio y la contemplación nos permiten vivir la Cuaresma como un tiempo de transformación interior y de compromiso con los demás.
También nosotros queremos ser instrumentos de paz y bien en las pequeñas acciones de nuestro día a día: en la escuela, en casa y con quienes nos rodean.
Sabemos que, al seguir este ejemplo, podemos ofrecer nuestra vida con generosidad y parecernos un poquito más a Él, haciendo de cada gesto una muestra de amor y servicio.







